Deconstrucción y recontrucción
its a bit stupid to say as i make so many films… but i consider this one as my best so far. joie les amis!
Este sencillo texto lo tuiteaba Vincent Moon el 3 de abril, y por su contundencia tenía que llamar la atención sí o sí. Moon, quien estuvo detras de La Blogotheque cuando en esta web reinventaron el valor icónico de la grabación en vídeo de la música en directo, tiene una entidad más que probada como para que una afirmación de este calibre produzca serio respeto.
Que este vídeo sea su mejor obra es improbable: es joven, y no para de recorrer mundo con su cámara y sus micros siempre a mano. Que sea su trabajo más accesible resulta todavía más dudoso: en casi 15 minutos se iniciará un recorrido de espeología sonora que terminará derivando en una especie de explosión lynchiana a la que hay que conceder la atención necesaria, aunque pueda no resultar agradable.
Y sí, estamos hablando de música en directo, siempre. En esta ocasión pura electronica, pero en un contexto de creación que partirá de lo real para que todos sus elementos desgranados sirvan a ONE MAN NATION para dar forma a su expresión.
Contando la Historia
Cuando se dice que para entender la Historia hace falta perspectiva queda implícita la necesidad de que exista algún tipo de relatorio que permita estudiarla. Restos, documentación, crónicas…, en definitiva, diversos tipos de fuentes que mantengan la posibilidad de acercarse a los hechos para contrastarlos.
Salvo excepciones históricas (no sé, los restos de Pompeya, por ejemplo), esta narración de los hechos estará marcada por el punto de vista, algo que se verá marcado por mil y un factores que, en ocasiones, ni tienen que ver con la capacidad de elección: si se habla de una tragedia, la casualidad de estar en el meollo dará una información mas valiosa que estar a kilómetros de distancia. Es lógico.
Este sábado, 31 de marzo de 2012, la tragedia eligió as Fragas do Eume para hacer acto de presencia. Lo que era la mayor reserva de bosque atlántico de Europa, y uno de los grandes pulmones verdes de Galicia, empezó a arder y en estos momentos las brigadas todavía son incapaces de hacer frente a la suma de factores para extinguir el incendio.
Y sucede en este caso, como en otros recientes, que la presencia de las nuevas tecnologías amplifica la capacidad para recoger estos hechos de manera directa, porque se está ahí. La diferencia llega cuando te encuentras con material testimonial de quien simplemente tiene fuerzas para darle al botón de grabar de su cámara, o cuando este material ofrece, además, un valor de plano, eso que la wikipedia destaca así:
El plano cinematográfico es la unidad narrativa más pequeña pero significativa del hecho audiovisual. Es la parte de una película rodada en una única toma.
Es una vista desde la cámara de cine, una porción de espacio-tiempo.
Y este vídeo no es un simple testimonio, es un plano. Una unidad que proporciona una información de manera ordenada y sin artificios: el helicóptero que se acerca desde el foco del incendio transmite, con su minúscula presencia, la magnitud de la tragedia. El acercamiento y reencuadre de la cámara relatan lo que está sucediendo. En esta breve narración Eirexado cuenta muchas cosas:
Pd: la imagen pertenece a uno de los brigadistas que este fin de semana participaron en las labores de extinción.
Jugando a hablar de realidades
Ayer nos sorprendía la noticia sobre Isabel Coixet recogiendo testimonios por A Costa da Morte para un “documental” sobre los 10 años de la Catástrofe del Prestige.
Hay un punto interesante en todo esto: ¿cómo se afrontará el relato de lo sucedido desde el momento en que ya hablamos de tiempos recientes en los que existió capacidad para documentar aquel presente? Si la 1ª Guerra del Golfo fue la primera guerra en directo, el Prestige constituyó, en España, el primer caso en que el proceso informativo se dispersaba en diferentes flujos al mezclase varios canales: Prensa escrita, radio, televisión y, novedad, Internet. Y aun habría que añadir otro más: toda la producción que aparecería en los meses posteriores, ya fuera en formato amateur por parte de gente que se vio implicada en la catástrofe, o trabajos profesionales que con el tiempo irían apareciendo mayormente en televisiones.
La noticia únicamente dice que el trabajo tiene la intención de “recuperar lo sucedido como recordatorio para prevenir este tipo de desastres”. Lo que no dice es la forma que le dará, pues sigue siendo habitual encerrar el trabajo a partir de material real en los limites del documental, y no concederle los amplios (y necesarios) márgenes de la no ficción.
Estos márgenes de la no ficción fueron los que explotó durante su carrera Peter Watkins, una de esas personas que pide a gritos el uso del adjetivo “poliédrico” por la capacidad que tuvo para ir más allá de lo convencional. Perteneciente a esa generación que, a ambos lados del Atlántico, adquirió destreza narrativa (y contacto con la realidad) trabajando en la cambiante televisión de los 60, Watkins fue llevando al extremo todas y cada una de las posibilidades del docudrama, algo que si bien no implica trabajar con material estrictamente real, sí marca unas pautas a seguir para que la veracidad de la narración termine de dar sentido al conjunto.
Es decir, Watkins quería contar como reales historias que podrían serlo, y eso implicaba echar mano de códigos narrativos que permitieran esta sensación de realidad. Y The War Game fue, probablemente, el gran ejemplo para definir una carrera y para pensar, a posteriori, hasta donde pueden llegar los limites de lo documental.
The War Game es un mediometraje que narra una crisis nuclear en la campiña inglesa en plena Guerra Fría. Lo que tenía que servir para recordar el 20 aniversario de la bomba de Hiroshima provocó un fuerte desencuentro entre el gobierno británico y la BBC: Se prohibió su emisión en TV (donde no vería la luz hasta 1985), aunque tuvo estrenos en salas inglesas y llegó a ganar el Oscar a la mejor película documental de ese año. Y todo esto a pesar de “no ser verdad”.
La película de Watkins dio una visión de la realidad echando mano de la ficción para hacerla pasar por veraz, algo que hasta tendría un reflejo a gran escala cuando casi 20 años más tarde con El Día Después, curioso retorno en el que se realizó una película para televisión con la intención de enseñar, en este caso directamente desde la ficción, los riesgos que tenía el desmadre atómico que había ido creciendo durante las décadas de la Guerra Fría. The War Game sin embargo quería resultar real, los códigos utilizados debían transmitir esa sensación y llegó a provocar alarma en los primeros pases. Watkins se anticipaba a las lecciones: quería sembrar alarma y advertir.
Es complicado saber cuál es el mejor formato para contar la realidad en estos tiempos. Por motivos estilísticos (¿qué es lo que más fácilmente vería el público?), pero también por motivos narrativos (¿tiene todavía valor la comunicación directa tras tanta telerrealidad?). Mientras esperamos a ver qué caminos toma Coixet, siempre será interesante recordar el que en su momento siguió Watkins:
Testeos de violenta personalidad
El cine, o en general lo audiovisual, adquiere todo su sentido cuando se entiende a sí mismo como una experiencia estética. Esto, aparentemente de perogrullo, parece haberse ido olvidando en las últimas décadas, en las que directamente hay un exceso de estética que nace de la sobredimensión tecnológica: hay tantos cacharros para hacer cosas que se usan varios a un tiempo y malo será que no salga algo chulo.
El “giallo” fue, en esencia, el género negro a la italiana. El término, que significa amarillo, hace referencia a las antiguas novelitas policíacas del primer tercio del S.XX, que vieron su traslación (al menos en esencia) a las pantallas allá por los 60. En aquella época se juntaron una serie de talentos en la industria que les dieron inusitado lustre. Gente que sobre todo tenía que ganarse el pan, pero que recogían el regusto por el barroquismo estético al tiempo que en su apurada realidad mezclaban proyectos diversos, haciendo que entre estos hubiera mil y un contagios y trasvases. Gente que, además, atesoraba unos conocimientos tan maravillosos como Mario Bava y sus trucajes de iluminación:
Aunque tuvo presencia a nivel mundial, y hubo quién se lanzó a recrear el estilo con De Palma a la cabeza, fue en Italia (y otros países europeos por aquello de las coproducciones de la época) donde realmente se sacó todo el jugo al género por pura cuestión identitaria. El exceso llegó hasta tal punto en los 80 que era complicado mantener el respeto a las múltiples variantes que habían ido apareciendo, en una evolución mecánica (y económicamente más ajustada) de lo macabro que pasaba a jugar con los límites de lo explícito. Un constante tour de force que al final chocaba frontalmente con las políticas de la nueva censura que fueron apareciendo en el apogeo de VHS.
Con todo es probable que el giallo tuviera unos contextos demasiado marcados como para esperar que fuera a durar varias décadas más. Dependía de la sensibilidad pop de la época, pero también se apoyaba en una estética en la que la modernidad no tenía nada que ver con teléfonos de última generación. Y estaba, siempre, esa violencia low-tech, esa presencia de cuchillos y otras armas punzantes que al ser usados llegaban a recrear auténticas escenas pictóricas de martirios y torturas.
Por este final asumido y comprensible del giallo (que como género parece que no vuelve a lenvantar cabeza, aunque sí estén presentes sus ragos en esta cultura nuestra de la asimilación), hace un par de días me topé con un vídeo que me hizo mucha gracia. Un vídeo que es un simple testeo, una prueba por parte de un finés para ver que tal respondia su flamante Canon 550D. El hombre cogió el aparato y directamente tomó aquellas estéticas para ver cómo respondía en cromatismo, profundiad de campo, capacidad de encuadre, ectetera. Lo bueno es que, sin pretender hacer una película, se tomó la molestia de plantear una serie de constantes del género. Y es que en realidad está ahí todo contenido: los juegos de colores, los planos detalle, LA VIOLENCIA EXPLÍCITA (que no se diga que no aviso), e incluso el giro argumental absurdo del final. De hecho, hasta el sentido del humor, porque es evidente que no pretende tomarse nada en serio aunque comience sonando el Valley que Bill Wyman y Terry Taylor compusieron para la banda sonora de Phenomena.
En fin, que ahí va el simple testeo. ¡Ojalá fueran todos así, y no simples planos de atardeceres o macros de florecillas!




