Y mira que hablan…
Siempre prometen veinte minutos y nunca cumplen. Aunque tampoco se podía esperar menos de @enpalabras y @santygutierrez conversando…
“Santy Gutiérrez, dibujando la actualidad, los sueños… y la Vida”
La entrada original aquí.
Deconstrucción y recontrucción
its a bit stupid to say as i make so many films… but i consider this one as my best so far. joie les amis!
Este sencillo texto lo tuiteaba Vincent Moon el 3 de abril, y por su contundencia tenía que llamar la atención sí o sí. Moon, quien estuvo detras de La Blogotheque cuando en esta web reinventaron el valor icónico de la grabación en vídeo de la música en directo, tiene una entidad más que probada como para que una afirmación de este calibre produzca serio respeto.
Que este vídeo sea su mejor obra es improbable: es joven, y no para de recorrer mundo con su cámara y sus micros siempre a mano. Que sea su trabajo más accesible resulta todavía más dudoso: en casi 15 minutos se iniciará un recorrido de espeología sonora que terminará derivando en una especie de explosión lynchiana a la que hay que conceder la atención necesaria, aunque pueda no resultar agradable.
Y sí, estamos hablando de música en directo, siempre. En esta ocasión pura electronica, pero en un contexto de creación que partirá de lo real para que todos sus elementos desgranados sirvan a ONE MAN NATION para dar forma a su expresión.
Sarpullidos en libre circulación
Definido brevemente, un sarpullido es una erupción leve y pasajera en el cutis formada por muchos granitos o ronchas. Lo aparente es un área en la piel que está irritada o inflamada y suele estar enrojecida, tener picazón, bultos, escamas, costras o ampollas. Sin embargo, el sarpullido es un síntoma de muchos cuadros clínicos diferentes y los factores causantes incluyen enfermedades, sustancias irritantes, alergias o la constitución genética individual.
Con la percepción social ocurre lo mismo, un constante ir y venir de erupciones más o menos duraderas que terminan por perderse en el tiempo, o en el siguiente sarpullido, sin haber llegado, la mayor parte de las veces, a ser descubierta y analizada su causa.
Bajo la etiqueta de trending topic, y a menudo en forma de vídeos, las “redes sociales” se desgañitan y rasgan las vestiduras en un constante re-clamar que agota. Lo de la educación de medios, mejor dicho lo de la educación, a secas, sigue siendo una asignatura pendiente.
El caso del vídeo sobre los niños soldados es uno de tantos, pero con algunas particularidades mercantilistas hábilmente cinematografiadas:
El vídeo cuenta desde una perspectiva beatífica e ideal cómo un grupo de trabajadores del primer mundo ha orquestado una campaña para que todo el mundo ponga cara a uno de los personajes más deleznables de nuestra raza. La idea es sencilla: una vez la gente sepa quién es el malo será fácil conseguir que los gobiernos actúen contra él.
[...] En estos días han surgido críticas sobre la perspectiva salvífica del autor blanco sobre el pobre joven negro, sobre el hecho de que haya montado una gran empresa y no una ONG o sobre la autopublicidad que se hace durante todo el metraje bajo la excusa de visibilizar un problema. Todo eso y mucho más.
Ignoramos cuales han sido los beneficios obtenidos tras los millones de visionados de este “sarpullido”, pero lo que sí nos llama la atención es su utilización, a modo de ejemplo, sobre los cambios en la comunicación gracias a Internet: “Un caso perfecto de contenido dirigido a un público masivo que lo multiplica en un espacio muy corto de tiempo eliminando a los medios de comunicación de la ecuación. El cambio en el esquema comunicativo es tan profundo que contradice teorías que llevan enseñándose en las facultades de periodismo desde hace décadas”.
Sin entrar en el tema del vídeo (aunque sobre la proliferación de “causas” hay mucho que decir), lo que molesta en el artículo es la nostálgica manipulación con la que, aprovechando el ejemplo, se arremete contra lo que hace competencia sin cuestionarse si, tanto lo de antes como lo de ahora, debería ser revisado en sus conceptos básicos: libertad y educación. Sin embargo la argumentación se centra en que:
- Los “medios de comunicación” ya no marcan la agenda social. El proceso ahora se invierte: Cuando Internet lo hace famoso los “medios” se hacen eco de la noticia.
- Lo noticiable ya no ese decide desde las atalayas. Y duele.
- Antes “los medios” no sólo elegían a qué temas se debía dar importancia sino que se le decía a la audiencia “qué debe pensar del trozo de realidad que le muestran”. Y por ahí van las críticas.
- Es el fin de la espiral del silencio en la que la mayoría entierra la voz y necesidades de las minorías, y las “redes sociales” tienen la culpa. Por eso “los medios” intentan adueñarse ahora de esta tendencia que les roba el protagonismo.
- Hay que adueñarse como sea de estas “nuevas ágoras sociales que han crecido a espaldas de los medios”.
Libertad y educación son dos condiciones necesarias, antes y ahora. Cierto que la primera sin la segunda a menudo produce efectos poco deseables, o cuando menos confusión, pero también es cierto que sin libertad, nada es posible. La profesionalidad a la que alude al autor del artículo se ve ciertamente dañada con el lamento del párrafo final:
¿Qué queda, entonces? Algo que no cumple con los valores-noticia puede ser noticia. Algo que no ha creado un medio de comunicación puede ser noticia. Algo vacío de contenido puede ser noticia. Algo surgido de un discurso minoritario puede ser noticia. Y todo ello con un lenguaje que poco tiene que ver con el lenguaje periodístico o comunicativo que se conocía hasta ahora. La comunicación ha muerto. Al menos en la forma en la que la conocíamos.
Todos recordamos aquello del código, canal, emisor y receptor, pero ahora no vale lo del consumo pasivo. Incluso tampoco es suficiente con la conversación. La explicación es otra. Y tiene nombre, se llamadesintermediación y personalización del consumo. Puede que la sociedad ande un poco perdida a veces, pero el ensayo y error no es sólo un método de laboratorio.
Crowdfunding: debates apasionantes y propuestas
Avanzar es debatir sobre el futuro y sus posibilidades pero, para que las propuestas se concreten, deben tener un nombre, y no es sólo una cuestión de nomenclatura. El crowdfunding ha venido para quedarse pero es hora de ir concretando. Y eso es lo que ha puesto sobre la mesa Gonzalo Martín estos días suscitando un apasionante debate sobre su denominación en español para ir acotando el alcance del sentido participativo en torno a la producción en el audiovisual.
En la interesante conversación, que se fue prolongando a lo largo de los días, surgieron diferentes propuestas y argumentaciones de las cuales, por aquí nos ha gustado la de “financiación colaborativa”. Si bien es cierto que la participación del inversor se define por la aportación de dinero (sea cual sea la cantidad), es importante considerar que la motivación puede tener mucho más alcance que la rentabilidad financiera. Sin duda sentirse partícipe en lo que se promueve es, y a la vista está, uno de los principales alicientes.
Una semana atrás desde El Cosmonauta lanzaban esta simpática, y nada ingenua, pregunta:
Nos interesa saber qué esperáis de la peli, así que retomamos estas preguntas: ¿A qué otra peli os gustaría que se pareciera? ¿Y a cuál NO?
Como el gran ejemplo de financiación colectiva en este país, la cuestión jugaba (a posteriori) con el concepto base para una producción de estas características: la motivación.
Volviendo al debate en torno a la relevancia de la definición, en el hilo de la conversación se enlazaba a Mondo Pixel con un interesante ejemplo del ámbito de los videojuegos. En el post se aportan números comparativos con lo que hubiera supuesto la financiación en términos de crowdfundin, y resulta que: “con cinco euros por cabeza habría sobrado para sacar un juego que casi todo el mundo pago por más de 50“.
Tomando alguna referencia más, esta misma semana se publicaba un nuevo trailer de Iron Sky, que es, para entendernos, esa película de la que desde 2006 se ha ido publicando material a cuentagotas, consiguiendo un comentario tipo: “¡anda, si estos locos siguen adelante con el proyecto!”. Una película de género, abiertamente freak (zombies nazis que sobrevivieron en la luna tras la II GM), y que, parece, han hecho a su completo antojo. En definitiva, algo así:
Es decir, los ejemplos, de mayor o menor calado, que van apareciendo, apuntan a la necesidad de contemplar muchos más aspectos en la motivación que funciona como auténtico motor. Es, en cierto modo, la esencia misma de la vida pero en este caso abriendo las puertas para que el público se involucre y decida sobre los proyectos que quieren que existan. O dicho de otro modo, el público como motor de lo que se genera, y no únicamente como receptores de una supuesta “producción cultural” que posteriormente se le intentará vender.
Otros antecedentes para el debate
Con la reaparición de Iron Sky se recordó la existencia de otro título con el que parece guardar conexiones (al menos visuales), y cuyo fracaso en taquilla podría arrojar una serie de claves respecto a la motivación necesaria para que proyectos presentes y futuros puedan existir por la vía del crowdfunding. De hecho, tres fracasos (más o menos absolutos) se merecen semblanza por lo atípico de su producción, a saber:
Caso 1: Sky Captain y el Mundo del Mañana
Sky Captain y el Mundo del Mañana es esa cinta que viene a la mente al ver los previos de Iron Sky. Una película que se estrenó en 2004, y que basó todo su interés en la recuperación de una estética artesanal gracias a los nuevos medios digitales. Una producción que se apoyaba obligadamente sobre el trabajo con cromas que se habían “puesto de moda” George Lucas con los nuevos episodios de Star Wars, pero mirando a un ya remoto pasado para justificar su razón de ser: una inspiración directa en los antiguos seriales. Es decir, la nostálgica presencia de las retroproyecciones en la barata ciencia ficción de los 50 y un indisimulado carácter de serie B. Todo esto en un momento en el que el público mayoritario pedía “el no va más” al pagar por una entrada, y en el que nunca más alejado podía haber llegado a estar el mainstream de los viejos modelos artesanales.
La película se la pegó. No se hicieron continuaciones, aunque una de las intenciones era que el propio Sky Captain pasara a convertirse en un nuevo tipo de serial. El director no hizo más películas desde entonces, y aquella era la primera. Con todo, entre quienes tenia que gustar, la película gusto. ¿El problema? Sin duda todo ese otro público al que probablemente no tendría que haber llegado de manera tan directa. ¿Que habría sucedido si el proyecto hubiera nacido apoyado por una comunidad que además fuera su público objetivo? Quién sabe, claro, pero probablemente se hubieran podido ajustar los costes para haber sido rentable desde el inicio, haciendo incluso posible la continuación de la saga.
Caso 2: Primer
Primer fue otra película que en su momento dio mucho que hablar. De hecho, fue rentable porque se inscribía en el publicitado cine independiente de la época, y porque nació como una apuesta personal de su director, un joven matemático que decidió liarse la manta a la cabeza para hacer (en todos los sentidos) una película de paradojas espacio-temporales desde una perspectiva gris y realista.
Shane Carruth no ha vuelto a dirigir una película desde entonces, aunque lleva años rumoreándose que arranca de una vez su segundo largo. Primer probablemente fue su premio y su condena: una película pequeña, que debería haber tenido un público concreto, se lanzó de manera más o menos masiva y esta generalización provoco chuzos por su carácter críptico y su “apariencia desapasionada”. Cabe preguntarse, ¿estas reacciones en contra, de las que no tenía culpa el director, pueden haber provocado este parón? Probablemente.
Caso 3: Planeta Rojo
Planeta Rojo es, sin lugar a dudas, un horror de película, pero interesante por lo improcedente de su existencia y por ser, de nuevo, la opera prima de alguien que no volvió a dirigir jamás. Tanto es así que su director, Antony Hoffma, ni siquiera tiene entrada en la wikipedia, y en la IMDB sale una ficha tan escueta como esta. ¿Cómo se las apañó entonces para que existiera la película? Imposible saberlo, supongo: venía del mundo de los FX y, de alguna forma, logró los 70 millones de dólares para poner en escena un desaguisado que, como en el caso anterior, tuvo la pretensión de abarcar más público del que debía. Un público que, además, por aquel entonces tendría la opción de ver películas marcianas de Brian de Palma y de John Carpenter. Y aquí surge, graciosamente, la conexión que enlazaría con los títulos anteriores.
John Carpenter es una de esas piezas claves para entender la existencia de un sector de público que ama el cine de género, el cómic y la cultura pop en general. Ese público que en 2001 hizo que una película pequeña como Fantasmas de Marte fuera todo lo rentable que no fue Planeta Rojo. ¿Por qué? Pues porque aun no existiendo como comunidad que sacara adelante la producción de la película, sí encajó en una que ya existía y que, posteriormente, la apoyo en los cauces por aquel entonces disponibles. O sea, los convencionales, los de toda la vida: comprar entradas, pagar por visionados, DVD’s, etcétera. Ese público que era, y es, una baza para que puedan existir películas como ésta, pero que, de no ser tenido en cuenta previamente, provoca desgracias como Planeta Rojo: ni recupero la inversión ni gustó a nadie.
Resumiendo
Producción colaborativa, parece un buen termino para definir el crowdfunding: un modelo que no solo buscaría un retorno económico, sino que establece lazos con lo que esta apoyando. El ejemplo de estas tres películas lo refleja de una manera u otra ya que, con otro planteamiento, tal vez hubiera se hubiera podido: acotar dimensión de proyecto, hacer posible la realización de un segundo trabajo o, directamente, anticipar y/o calibrar la posibilidad de dislate por ausencia de interés. Pero es tiempo de debate, en eso estamos.




