Historias de malos, canallesca y una cierta perversión
10 febrero

Historias de malos, canallesca y una cierta perversión

El mejor truco de Hollywood pasa por convencernos de que la ambición es mala, y su máxima contextualización no podía ser otra que Wall Street.

Raul Minchinela recientemente recuperaba esta frase del guionista Tim Harris: “No hay muchas películas sobre bolsa porque la gente importante de Hollywood son muy, muy ricos y no creo que les guste removerlo”. Y repasando las producciones más populares en las que se introduce el factor bursátil como un elemento importante en la trama, casi parece que Hollywood se preocupa por transmitir un mensaje: “¡Alejaos de esta basura, insensatos!”

El último gran ejemplo seria El Lobo de Wall Street de Scorsese. La película, promocionada como un destape de toda la basura de Wall Street en las últimas décadas es, en realidad, mucho más escueta: la traslasción a la pantalla de los años de desfase de un portentoso cantamañanas que consiguió hacer su agosto gracias a ese Mal: la ambición.

lobo copia

Jordan Belfort, el personaje interpretado por DiCaprio, es actualmente un exitoso escritor y conferenciante que sigue vendiendo ilusión: en este caso, la de que llegues a ser capaz de hacer lo mismo que él. Esto, claro, no será posible: Belfort es un superviviente nato que, sencillamente, no se conforma con planear bajo. Scorsese en realidad deja esto bien claro en varios momentos: ya en el prólogo remata su dibujo reconociendo que su gran pasión son las drogas (vicio caro y al que sólo sobreviven los fuertes), pero en un momento dado el propio DiCaprio/Belfort, hablando al espectador, corta radicalmente la explicación técnica de un pelotazo que acaba de dar apelando a que eso, en realidad, no nos interesa.

Narrar en torno a la ambición tiene este punto, ya que la ambición en sí misma no es nada, no existe, no es tangible. Podemos intuirla entre los lujos que aparecen en pantalla, pero al mismo tiempo podría reformularse desde la miseria para hacernos entender que en nuestra pequeñez no dejamos de ser ambiciosos. Y la pequeñez es algo que no tiene cabida en Wall Street, pero tampoco en un gimnasio que se precie.

El mismo año en que Scorsese finaliza su película a Michael Bay se le da por hacer una buena. Bay, el director que personificaría la figura del despachador de blockbusters industrializados. Bay, quien presumía en el rodaje de Transformers de que no había un solo plano en el que la cámara no estuviera moviéndose. Bay, ese hombre capaz de recrear en pantalla todos y cada uno de los tópicos más cavernarios de la actual cultura de masas, realiza Pain & Gain, película que ya en su introducción podría definir a la perfección la raquítica filosofía de una sociedad encaminada a la glorificación del anabolizante.

Si Scorsese cuenta el proceso real de construcción de la figura del gurú a partir de su recorrido por el mundo del robo y el exceso, Bay adultera igualmente la realidad para reinventar un absurdo suceso de la crónica negra de Florida: el rapto de un empresario por parte de unos monitores de gimnasio que quieren hacerse con toda su fortuna. Son, en ambos casos, historias adaptadas a la ficción, que se prometen veraces, y que llegan en 2013 para hablarnos de hechos acontecidos en la década de los 90, periodo anodino en el que aparentemente el mundo (o sea, EEUU), seguía adelante tras el frívolo y descarnado apocalipsis económico que habían dejado tras de sí los 80.

Esa década, los 90, fue complicada: desaparecían los enemigos planetarios, se recuperaba la (obligada) filosofía del trabajo y la preocupación por el futuro se dirigía a pensar en métodos para amasar el máximo dinero posible del qué disfrutar llegado el momento. Fue una década mágica que no sabía que encontraría su final en el cambió mundial que provoco el 11-S, y en la que había desaparecido la mirada amable al juego de la bolsa: ya no molaba dar protagonismo a gente que ganaba dinero jugando con lo que hacían los demás. Que no lo tuvieran, por supuesto, no quiere decir que no lo siguieran haciendo.

El brokerismo de los 80 fue amable. Desde el Richard Gere que reconvertía en envidiable la prostitución en Pretty Woman, a la alegre Melanie Griffith que demostraba en Armas de Mujer que se podía ascender al gris despacho soñado con tal de que se hicieran las trampas honestas adecuadas. En los 90 esta figura desaparece del cine de masas, y la presencia bursátil justifica que a Michael Douglas se la quiera jugar Demi Moore, o que Russell Crowe se vea amenazado por la compañía tabacalera para la que trabajaba. El juego de los valores ha cambiado de mano: ya no es divertido, y además se pelea duramente por parte de aquellos que ganan dinero manteniendo el valor de sus acciones. La picaresca de quienes juegan con mercados intangibles marcando las pautas económicas mundiales apenas tiene reflejo, y sólo llega a tener protagonismo en visiones como la que da David Mamet en Glengarry Glen Ross: a un nivel miserable y siniestro, en una empresa inmobiliaria que opera muy lejos de Wall Street.

El querer y la necesidad

Y entonces es cuando llegamos al gran problema de The Wolf of Wall Street: que no es una película de Wall Street aunque todo suceda por allí. Es, como Pain & Gain, una película sobre la ambición, y en ambos casos realizadas por cineastas ambiciosos: Scorsese no puede dejar de empeñarse en demostrar que sabe hacer las cosas mejor que nadie (aunque sus últimos años hayan sido tristes), y Bay perpetúa su pelea por entrar en el grupo de los cineastas respetables. El conflicto surge, básicamente, cuando uno y otro pretenden asegurar que lo que cuentan es la realidad, la verdad, y aún es peor cuando los espectadores quieren/necesitan creer que todo esto cierto.

En el caso de Bay es más relativo. Si su película procura mantener en su totalidad un tono de comedia bufa, a los espectadores corresponde dar por hecho que si hubo un secuestro, palizas y muertes no pudo ser realmente tan gracioso.  Sucede que ante tal cúmulo de despropósitos cuesta no mantener una cierta distancia para tratar de olvidar que todos estamos muy próximos a caer en graves estadios de estupidez, pero en casos como Fargo se contaba igualmente una historia absurda y cómica sin que necesariamente tuviéramos que entenderla como divertida. En Pain & Gain esto no sucede: un rótulo nos informa de que lo que vemos es, aunque parezca mentira, cierto. Así, durante dos horas veremos a una víctima que por desagradable no nos lo parecerá tanto, aunque en la vida real Marc Schiller (Victor Kershaw en la ficción) lleve meses tratando de recordar que lo pasó francamente mal.

Scorsese, sin embargo, se mete en otro problema: las ganas que tiene el público de que se cuenten verdades relativas a según qué mundos. Pero la verdad de Wall Street y las crisis no están en su película. Así como la de Bay respeta el principal fundamento de su historia (¡secuestradores en chandal!), The Wolf of Wall Street parece no hacer suficiente hincapié en el hecho de que el personaje principal es un listillo que supo aprovechar unas circunstancias determinadas para enriquecerse. Jordan Belfort se lo dirá en un momento dado a los agentes del FBI que empiezan a investigarlo:

You know who you should be looking at? Goldman, Lehman Brothers, Merrill. What those guys are up to with collateralized debt obligations? This internet stock bullshit? C’mon.

Y esto no es en realidad un problema de los responsables de la película, sino de los espectadores, los mismos que tendrían que saber acercarse al pequeño ejercicio de megalomanía de Bay con una cierta distancia. Que cada día más cosas (incluso las que no debieran) están sujetas a la libre interpretación es un hecho, pero las ansias y el apetito por saber no pueden servir para olvidar una cuestión básica: el cine de ficción nos ofrece las historias que sus creadores nos quieren contar, para bien y para mal. Que en estas dos películas la moralidad parezca despeñarse gracias al empuje de una cierta comicidad no implica que se pueda olvidar tan fácilmente que lo que se cuentan son historias de malos, de canallesca y de una cierta perversión. Al mismo tiempo parece producirse una curiosa dinámica en el cine actual: las historias de ambición que se cuentan son, de un modo u otro, negativas. Esta parece ser la auténtica moralina que se desprende de lo que nos cuentan Scorsese y Bay: “nuestros protagonistas podrían estar ahora libres y adinerados si no se hubieran pasado tanto”.

El espectáculo de la confusión

El espectáculo, ya arrancado el siglo XXI, parece haberse desvirtuado. Los 90 fueron, precisamente, los años en los que se puso de moda la etiqueta de lo políticamente incorrecto: las pantallas se llenaron de comedias capaces de hacer chistes en los que la escatología parecía convertirse en un pequeño triunfo sobre la tibieza de lo educado. A estas alturas el rupturismo parece estar más encaminado a olvidar el valor de los dramas en un momento en que la actualidad esta llena de ellos. Sin que esto sea negativo, es ese punto de confusión a la hora de vender el que lo convierte todo en un problema: Scorsese tenía derecho a contar la historia de un “maestro del liderazgo”, y Bay la de unos protohumanos de gimnasio, pero también tenían derecho los espectadores a acercarse a sus películas sin hacerse ilusiones guiados por sus ansias.

4 comentarios

  1. Resulta extraña esa oscura “familiaridad” que despierta el universo Wall Street. Supongo que tiene que ver con dos ideas que uno en una frase: “la ambición en sí misma no es nada, no existe, no es tangible y en nuestra pequeñez no dejamos de ser ambiciosos”. Es muy potente esto.

    Lo cierto es que la realidad (tenemos buenos ejemplos en este país) supera a la ficción, pero esta vende más. Sobre todo si sin historias de “malos, canallesca y perversión”. Buen título para la reflexión. Y muy sutil la apreciación sobre la evolución del brokerismo, sobre todo por la elección de los ejemplos, aunque el de Michael Douglas y Demi Moore da para tratar más aspectos.

    1. Yo creo que es que, además, Wall Street es el típico nombre que ha terminado convirtiéndose en un referente de uso común, como Hollywood. Wall Street hasta teníamos en Coruña! Si nos paramos a pensar en la referencia supongo que ya se aplicaba por el tipo de gente y lo que se intentaba hacer allí, de ninguna manera a las capacidades del mercado financiero local 😀

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