Show me the money
2 julio

Show me the money

Boston Legal fue una peculiar vuelta de tuerca de David E. Kelley al género de abogados (algo, por otro lado, marca de la casa), que apostó durante 5 temporadas por un formato que permitiera atajar rápidamente las tramas judiciales para centrarse en el desarrollo de las relaciones entre los personajes principales y sus secundarios más o menos constantes. Esta manera liviana de tratar los casos potenciaba el valor de las conclusiones en los juicios para despachar todo el desarrollo procesal.

Los dos últimos episodios de la segunda temporada tenían como caso principal el de una estrella televisiva que le pegaba un tiro a un paparazzi. El caso se retroalimentaba por el valor que en aquel entonces (2005) empezaba a tener un internet que ya llegaba a muchísimos hogares (sobre todo en EE.UU.), y la posibilidad de ejercer un seguimiento cerrado de los famosos sería uno de los puntos principales en las conclusiones. Esto servía, en resumen, para escenificar el cambio de percepción y acceso respecto a las estrellas mediáticas: mientras que antes eran personajes apartados del mundo real, la aparición de la red permitía humanizarlas en el sentido de poder saber donde se encontraban, que hacían y cómo acceder a ellas. Hablaban, en resumen, de un cambio de paradigma, de una transformación social en la que lo hasta entonces intangible podía llegar a ser accesible a su pesar.

Pero, ¿a qué viene esto?

Hay un aspecto en las nuevas formulas de financiación audiovisual que necesariamente se apoya en este cambio de paradigma, a estas alturas ya forzosamente asimilado: mientras que sigue existiendo un Star System intocable, una amplia variedad de proyectos apelan a la posibilidad de establecer una cercanía con los responsables de una película (o una serie), ya sea físicamente (fiestas, presentaciones y demás), o, por decirlo de alguna manera, y siendo lo mas importante, espiritualmente, colaborando en especias para que la cosa salga adelante.

Al mismo tiempo que esto sucede, Vigalondo tuiteaba esta semana lo siguiente:

Esto es lo que Lector Constante llamaría un chistazo, pero también una obviedad y una nostálgica manera de recordar que una película (o una serie, si terminaran de cambiar ciertos aspectos del sistema) debería tener una manera de financiarse: recuperando la inversión a partir de la venta de entradas. Algo que, por desgracia, hace ya tiempo que es una quimera, aunque sin lugar a dudas tendría que estar considerado como el sistema ideal para mantener el negocio: que la gente pague por lo que quiere ver.

Esta misma semana también publicaba un tweet sabroso Bárbara López:

1.700.000 visionados es algo que se dice rápido, sobre todo si tenemos en cuenta que es algo que no se ha emitido en televisión. Las Crónicas de Maia arranca así su aventura en el crowdfunding cuando probablemente en términos de producción con estas cifras (8 episodios esta temporada) deberían ser un objetivo para fines publicitarios. Con todo, y partiendo de que esta financiación pueda llegar más adelante, los responsables de Maia siguen trabajando una vía que, de funcionar, asegura algo importante: la libertad para trabajar su creación como más les apetezca, algo que, además, coincidirá necesariamente con lo que sus seguidores han querido apoyar.

Y también en los últimos días ha aparecido en el ruedo del crowdfunding Summertime:

Esta futura película de Norberto Ramos del Val llega tras El Último Fin de Semana, otra película igualmente kamikaze que en esa ocasión financió de manera tradicional, creandola al tiempo que apostaba por conseguir un retorno a posteriri, básicamente ese modelo “de toda la vida” al que Vigalondo hacía referencia en su tweet. La experiencia dio como resultado, además de una más que estimable película, un elocuente artículo en Cinemanía con un título directo y sencillo: “Yo hice una película con dos cámaras de fotos. ¿Me la compras?“. En él es digno de destacar esta consideración:

En éste caso sabía que podríamos liar a un puñado reducido de actrices y actores, que conseguiríamos fácilmente un par de máquinas de fotos prestadas para rodar en HD con la mayor comodidad y rapidez, que podríamos emplear como mucho dos semanas de rodaje, que tendríamos unas bonitas localizaciones naturales ahí muy a mano y que me tocaría hacer el montaje y postproducción en mi iMac.

Norberto establece un punto de partida: financiar una producción implica costear las labores básicas de la misma. El problema no es llegar a conseguir el dinero necesario para producir Titanic, sino saber que vas a poder disponer del montante necesario para contar algo. Eso lleva al siguiente punto, el de toda la vida, es que conecta con el primer tweet: si la obra genera ingresos por la vía natural, la venta de entradas y la aportación del público como tal, productoras y creadores podrán mantener un ritmo de trabajo constante.

Volviendo a Norberto, en su último post, explicando por que recurre al crowfunding:

A estas alturas es cuando hablar de lo importante y novedoso que es Internet para cualquier negocio o proyecto es ya exactamente igual que cuando se inaugura una autopista de 5 carriles tarde y ya se atasca el primer día. Sobra gente y te va a costar sangre y sudor mover lo que sea que quieras mover.

No se está inventando nada, sólo reduciendo intermediarios(…). Que si ya uno puede distribuir casi directamente sus obras, está claro que también puede intentar el famoso “adelanto de distribución”. Y eso es exactamente lo que puede y creo yo que debería ser principalmente el crowdfunding.

Y aquí retoma un par de cuestiones claves:

  1. Con el crowdfunding se está retomando una manera de afronta una perspectiva profesional en un momento en que los caminos tradicionales se han visto superados por las circunstancias.
  2. Que estos caminos tradicionales se hayan visto superados por las circunstancias no implica que se vaya a dar una transformación radical a la hora de acceder a los contenidos audiovisuales.

El sistema de financiación comunitaria ni es nuevo ni será el futuro, solo una manera más de hacer las cosas. Llama la atención porque ahora es cuando de verdad se puede establecer una perspectiva amplia para buscarlo, y porque hay casos como El Cosmonauta que le dan lustre. Pero el negocio audiovisual se está ampliando y solo hay que esperar a ver cual será el resultado final de la transformación, dejar que pase el tiempo para poder analizar los diferentes modelos que se están poniendo en marcha (sin ir más lejos, el nuestro con Máscaras), y, mientras tanto, seguir la pista a todos estos activistas de la imagen y a ideólogos (¿por qué no?) como Gonzalo Martín. Y mantenerse en movimiento.

9 comentarios

  1. hoy he leído un artículo que se quejaba amargamente de la pérdida de patrimonio artístico que para la nación suponía perder el cuadro de Constable que ha vendido la baronesa Thyssen, y subrayaba cómo las colecciones de arte inglés en España son pocas y que de alguna manera debería haberse impedido esto. Y ponía ejemplos. Parece que a principios del siglo XX en Inglaterra quisieron vender la Venus del espejo de Velázquez, que se quedó finalmente en el país gracias a una aportación pública de fondos en la que incluso participó el Rey de Inglaterra, creo que Jorge VI. No es que lo pusieran de ejemplo directo (de hecho, no he podido evitar el reírme al pensar en Tita proponiendo eso y a los españoles, incluidos el Orzowei de Bostwana, contribuyendo con veintitantos millones de euros de los de ahora a sus problemas de liquidez para no perder un Constable: igual hace cien años a la gente le convencías de lo esencial de ello, hoy creo que con-la-que-está-cayendo-bla-bla-bla, sería imposible), sino más bien como paradigma de la necesidad de buscar formas de hacer aflorar un dinero que parece que está ahí deseando de ser invertido, pero acojonado de asomar el hocico…

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